¿Violencia juvenil o rebeldía?

Psiquiatría y violencia juvenil

En los últimos años, la sociedad se enfrenta a un problema creciente, como es la violencia juvenil.

Los valores en la sociedad han cambiado, y cuando antes valorábamos más el papel del héroe o de una autoridad social, ahora cada vez se le da más valor al personaje desafiante de la película, al que se enfrenta al poder, etc… Son nuevos referentes en la cultura de la violencia. Si a esto le sumamos la naturaleza rebelde de los adolescentes, y la aún incipiente formación de la propia personalidad, es fácil que los límites marcados por la consideración y el respeto a los demás se difuminen.

Aquí entran en juego varios factores que han cambiado a lo largo de estos últimos años, y que han ayudado a hacer que esos límites de los que hablamos se confundan.

Buscar el límite entre lo imperativo y lo permisivo.

En primer lugar, existe un factor familiar que está cambiando. La denostación de la imagen del padre autoritario ha hecho que algunos progenitores opten por no intervenir y emprendan un camino dialogante donde no se marcan claramente los límites. El hijo se hace finalmente con el control y termina desacreditando la propia imagen del padre y con ello de cualquier figura de autoridad. A ello se suma que los padres, en muchos casos, sobreprotegen a sus hijos pensando que son más especiales que los demás, y consideran que éste no va a poder soportar la frustración de un “no”. El efecto ante una negativa, cuando surge, es entonces una reacción de rabia y de agresividad.

El entorno escolar es otro de los factores a tener en cuenta, y la creciente devaluación de la autoridad de los profesores con la supresión de cualquier traza imperativa en favor de una «negociación» permisiva, es una extensión de la deslegitimación de las normas sociales.

Otro de los factores que claramente afectan a este tipo de comportamientos es el cultural. Es normal ver violencia en los medios, y ello acaba derivando en una atracción no tanto por la violencia como por las emociones intensas . Pero en una edad joven es muy probable que esta atracción se convierta en una atracción por lo transgresor y por ir contra las normas.

Nuestra cultura se asienta en el individualismo. Un individualismo sano puede ser necesario para nuestro desarrollo personal e incluso para un bien social mayor. Pero el individualismo mal entendido, el individualismo de culto y la necesidad constante de mostrar los éxitos abocan a la competición agresiva.

Construir un sistema de valores sociales con el joven.

Parece que estamos ante una decadencia de los sistemas morales en la sociedad. Los jóvenes miden sus ideales en forma de éxito y de dinero. La cultura no les muestra la razón por la que esforzarse más allá del logro material. Se diluye la creencia en lo que es bueno en sí mismo, incluso sin recompensa. De manera que, cuando el éxito social no llega, solo queda la frustración y la rabia contra un mundo que les vuelve la cara. Y con ello la justificación de la violencia.

De ahí la importancia de unos buenos referentes morales en la familia y en el entorno social. Referentes que eduquen en el respeto, en la amabilidad y en la solidaridad como camino para aspirar a la felicidad a través del desarrollo personal.

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